La vida después de un ACV: El duro desafío de salir adelante.
De los cerca de 120 mil argentinos que los sufren cada año, unos 30 mil no sobreviven. Lo que ocurre con el resto:
Era el 30 de diciembre y Ricardo Fernández se preparaba para viajar con su familia desde La Plata a Saladillo a pasar el Fin de Año junto a los padres. Estaba sentado a la mesa a punto de almorzar cuando sucedió. Cuenta que algo se le cayó al suelo y al agacharse sufrió un súbito mareo; no más que eso. Pero como se sentía “raro”, decidió tirarse a dormir una siesta antes de salir a la ruta. Una hora más tarde, al intentar levantarse tenía medio cuerpo paralizado y apenas si podía hablar. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que había sufrido un ACV y que en ese momento empezaba una vida distinta para él.
Al igual que la gran mayoría de las personas que sufren accidentes cerebrovasculares, Ricardo, que tiene 51 años y es ingeniero agrónomo, no supo reconocer lo que le estaba pasando. No sólo desconocía las señales de un ACV sino que estaba convencido de que era algo que le ocurría “a otra gente, gente que había nacido ya con ese problema”, no a personas con “una vida más o menos saludable” como él.
“Quedé en un estado de confusión: al principio no podía acordarme la fecha de nacimiento de mis hijos ni los nombres de gente querida”
Salvo por el hecho de que “tal vez estaba viviendo un poco acelerado”, Ricardo no encuadraba en el perfil general de quienes suelen sufrir estos episodios. Porque si bien cualquiera puede tener un ACV, él se encontraba al margen de sus principales factores de riesgo. Diez años más joven que el promedio de los pacientes, no fumaba, no era hipertenso, no tenía el colesterol alto, no sufría diabetes ni evidenciaba un sobrepeso considerable.
Lo grave es que no sólo él no supo reconocer lo que le estaba ocurriendo. Tampoco el primer médico que lo atendió un mes antes de sufrir el ataque al ser llevado a un hospital con los mismos síntomas. “Ya el 30 de noviembre había tenido algo igual: me había quedado con la mitad de la boca dormida y me costaba caminar, pero el médico me dijo que no tenía nada, que era un ataque de pánico, que ya se me iba a pasar. Y como efectivamente pasó, no le di importancia”, cuenta él.
A casi ocho meses de haber sufrido su ACV, Ricardo, que se considera “una persona preparada”, todavía no lo puede creer. “Después de lo que pasó cambié por completo mi vida y ahora vivo más tranquilo. Por un lado doy gracias por pensar como pienso ahora, pero por otro me digo qué caro lo tuve que pagar. ¿Por qué no habré podido cambiar sin pagar semejante costo? No es que no me lo perdone, pero me da bronca haber sido tan ignorante”, dice.
SECUELAS VARIABLES
El costo al que se refiere Ricardo fue una hemiparesia de lado derecho (una parálisis parcial) que le afectó la pierna, el brazo y el rostro, y de la que no tenía certezas de poder recuperarse por completo. En su caso, lo que la produjo fue un obstrucción vascular, pero también puede ocurrir por una hemorragia. Cualquiera sea la causa, este tipo de lesiones genera daños de distinta magnitud que afectan diferentes funciones según el lugar del cerebro donde ocurren.
Así como él sufrió una disminución motora en la mitad derecha de su cuerpo, otras personas sufren parálisis totales, alteraciones en la visión, trastornos del habla y del lenguaje, pérdidas de habilidades y conocimientos, y daños neurológicos que se evidencian en cambios de personalidad, entre otras secuelas.
Si se consideran las consecuencias que tienen generalmente los ACVs, se podría decir que Ricardo tuvo suerte. Y es que según muestran las estadísticas, un 25 por ciento de quienes sufren estos episodios muere dentro del mismo mes, un porcentaje similar sobrevive pero queda con secuelas severas, otro tanto con moderadas y sólo un cuarto registra secuelas leves o de ningún tipo.
Lo cierto es que Ricardo no se consideraba por entonces que una persona precisamente afortunada. “Estuve internado ocho días; y si bien no perdí la consciencia en ningún momento, estaba en un estado de confusión. Al principio no podía acordarme la fecha de nacimiento de mis hijos ni los nombres de gente querida. Me hablaban del dólar y no sabía qué era; cosas así de básicas”, cuenta.
Pero además “sufrí un tremendo bajón. No me avergüenza decir que lloré -asegura-. Llevaba dos días sin poder levantarme de la cama necesitando ayuda hasta para hacer mis necesidades y no estaba seguro de poder recuperarme alguna vez. Creo que de no haber sido por mi familia no hubiera podido salir adelante. Al tercer día me fui arrastrando al baño pero fui por mi cuenta. Si me quedaba tirado no me levantaba más”.
EN CAMINO A RECUPERARSE
“Apenas me dieron el alta empecé la rehabilitación. Cuando llegué tenía la mitad del cuerpo todavía paralizada y la pierna rígida pero por lo menos podía caminar. Cuando pasas de estar muy mal a estarlo un poco menos, enseguida quieres ponerte mejor. Así que empecé a venir todos los días y por suerte pude recuperarme bastante”, cuenta Ricardo, quien siete meses después de comenzar con su tratamiento hoy camina con normalidad aunque reconoce que no puede correr ni ha recuperado por completo su motricidad fina.
Las perspectivas de recuperación no son sin embargo iguales para todos. “Dependen de la magnitud de la lesión, de la edad del paciente, de las habilidades previas que tenía, de cómo y cuánto se trabaje con él. Pero también de las ganas que tenga ese paciente de recuperarse. La motivación personal es tan importante como lo que podemos hacer nosotros”, comenta el doctor Alvaro Cortés, médico fisiatra especialista en rehabilitación, quien asegura que tanto es así que a veces el primero en intervenir es el psicólogo del equipo.
Ocurre que tampoco los tratamientos son todos iguales. “Nuestro trabajo no es como un protocolo quirúrgico: acá no hay pautas fijas -explica la doctora Liliana Bartolo, especialista en medicina física y rehabilitación-. Lo que se hace es evaluar al paciente y en función de eso se arma una propuesta terapéutica que se va ajustando semana a semana según los avances. Cada caso es distinto, lo que nos obliga a ser muy creativos”, dice.
De lo que se trata es de “ayudar al paciente para que pueda recuperar lo antes posible cierta independencia en las cosas de la vida diaria -agrega la terapista física Silvia Pennington-. Para eso se ejercitan las habilidades que perdió o bien se lo reeduca para que pueda adaptarse y seguir adelante. Hacerles ver que con el trabajo se consiguen cambios es fundamental para poder avanzar”, dice.
Lo cierto es que a veces los tratamientos que los médicos consideran exitosos no lo son tanto desde la perspectiva de los propios pacientes. Pero dado lo peligroso que resultan los accidentes cerebrovasculares, el hecho de no llegar a recuperar la vida que se tenía antes quizás no sea una buena forma de evaluar los resultados. Consciente de eso, Ricardo lamenta el no haber sabido lo suficiente para evitarlo. “Hoy -dice- no podría volverme a pasar”.
