23 de enero de 2026

El mapa de una sensibilidad: Por qué el 23 de enero Argentina celebra su fe en la música

SOCIEDAD- CRÓNICAS- MÚSICA-EFEMÉRIDES

Por Jazmín Abdala. Cronista de Radio LS2 BARADERO.

23 DE ENERO DE 2026. BARADERO, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA.


El 23 de enero en Buenos Aires suele tener ese calor que no solo se siente en la piel, sino que se escucha. Es un zumbido eléctrico que sube por las baldosas de Villa Urquiza, como si la ciudad misma fuera una caja de resonancia. En alguna habitación de techos altos, un chico de quince años hoy se sienta al borde de la cama, apoya una guitarra acústica sobre la rodilla y, con los dedos todavía torpes, busca el primer acorde de “Barro tal vez”. No sabe bien por qué, pero esa melodía que suena a música antigua, escrita por un Luis Alberto Spinetta adolescente que aún no sabía que iba a cambiar el ADN de un país, le dice exactamente quién es él en este momento del mundo.

Hoy es el Día Nacional del Músico en Argentina. No es una fecha elegida al azar por un burócrata en una oficina; es el día en que el “Flaco” llegó al mundo en 1950 para enseñarnos que la libertad no es un discurso, sino una forma de tocar la guitarra. Antes, la música se celebraba bajo el manto de Santa Cecilia, una mártir lejana de tierras extrañas. Pero desde 2014, decidimos que nuestra fe sonora necesitaba un santo laico que hubiera caminado estas calles, que hubiera tomado el colectivo y que hubiera traducido el color de nuestro cielo en acordes de novena.

La historia de la música en Argentina es la historia de una invención constante, un río de cauce infinito que se nutre de afluentes tan diversos como su geografía. Somos un país que suena a muchas cosas a la vez: somos el bandoneón que llora en un arrabal porteño y somos el bombo legüero que retumba en el monte santiagueño. Esa diversidad demográfica y territorial moldeó una identidad que no puede ser encasillada. Desde el tango, nacido en los márgenes de los puertos como un abrazo prohibido, hasta el folklore que recorre las venas del mapa, la música ha sido el diario íntimo de nuestra nación.

Si uno viaja al Noroeste, se encuentra con el charango y los aerófonos que bajan del Altiplano, con carnavalitos y zambas que huelen a tierra y a chaya. Si se mueve hacia el Litoral, el paisaje se vuelve chamamé y llamarrita, donde el acordeón mantiene viva una resistencia cultural que el río Uruguay transporta de orilla a orilla. En el Centro, la chacarera marca el pulso, mientras que en Cuyo, la tonada invita al tradicional “aro, aro”, ese brindis que detiene el tiempo. Incluso en la inmensidad de la Patagonia, la música de los pueblos originarios —mapuches, tehuelches, onas— sobrevive en el loncomeo, recordándonos que antes de las guitarras, el viento ya tenía su propia voz.

En los años 60, mientras el mundo se sacudía con la beatlemanía, un grupo de pibes con el pelo largo decidió que no quería solo imitar lo que venía de afuera. Querían que el rock oliera a jazmines de barrio y a humo de café. Querían cantar en su propio idioma, con la nostalgia de Gardel pero con la electricidad de la juventud. Spinetta fue el arquitecto principal de esa mudanza. Con Almendra, fundó una patria donde la sensibilidad no era debilidad, sino una fuerza revolucionaria. “Muchacha ojos de papel” no fue solo una canción; fue la apertura de un portal. De pronto, era posible ser joven, ser rebelde y, al mismo tiempo, tener la profundidad de un poeta surrealista.

Pero ser músico en Argentina siempre fue algo más que subir a un escenario; fue un acto de fe ciega. Durante los años oscuros de la dictadura, cuando el silencio era una orden estatal, el músico se convirtió en un faro. Spinetta, con esa figura longilínea que parecía cortada por el viento, se movía en las sombras de bandas como Invisible o Pescado Rabioso, enviando mensajes cifrados en las letras. Eran años donde un acorde podía ser un refugio. La música era la única habitación donde no podían entrar los que querían controlar el pensamiento. Esa misma mística se respira en el rock de Charly García, en la voz telúrica de Mercedes Sosa o en la rebeldía de León Gieco, quienes convirtieron el escenario en una trinchera de libertad.

Con el retorno de la democracia, el sonido se expandió. El exilio devolvió a nuestros maestros y las calles se llenaron de ritmos bailables y una explosión de géneros. La década del 90 abarcó desde el rock puro hasta el punk y el heavy metal, mientras el pop argentino comenzaba a redefinirse. Bandas icónicas como Soda Stereo, con el magnetismo eterno de Gustavo Cerati, o los Fabulosos Cadillacs, llevaron nuestra bandera sonora a todo el continente. Surgió la “música divertida” de Los Abuelos de la Nada y Los Twist, recordándonos que el baile también es una forma de libertad.

Ese espíritu festivo encontró su propio cauce en la cumbia y el cuarteto. La cumbia nacional, con pioneros como Los Palmeras y Los Wawancó, se fusionó con la realidad de los barrios populares para dar nacimiento a la cumbia villera, un género que narró el día a día de una Argentina que dolía pero que seguía bailando con Damas Gratis o Mala Fama. Mientras tanto, en Córdoba, el cuarteto se volvía una religión de la mano de La Mona Jiménez y el Potro Rodrigo, una explosión de energía que hoy continúa con fuerzas renovadas en grupos como La K’onga.

Incluso la elegancia de la música clásica y el jazz encontraron en el suelo argentino un laboratorio único. Desde el Teatro Colón, figuras como Daniel Barenboim o Martha Argerich elevaron el prestigio nacional, mientras que en los clubes de jazz, maestros como el Mono Villegas o Lalo Schifrin demostraban que nuestra identidad también podía ser cosmopolita. La electrónica, consolidada con Creamfields y figuras como Hernán Cattáneo, proyectó a Buenos Aires como una capital global del ritmo, fusionando en años recientes el techno con el folklore en proyectos como Bajofondo o Juana Molina.

Hoy, 23 de enero de 2026, la música argentina atraviesa su etapa más joven y vibrante. En las plazas donde antes se zapaban temas de Sui Generis, hoy nacen las rimas del trap y el freestyle. Lo que empezó en El Quinto Escalón con YSY A y Duki, hoy es un movimiento internacional que domina los charts globales. Nombres como Bizarrap, Nicki Nicole, Trueno, Paulo Londra y María Becerra son los nuevos embajadores de una sensibilidad que no tiene fronteras, colaborando con los artistas más grandes del mundo pero manteniendo ese “picante” que solo da el barro argentino. El sonido ha mutado hacia el RKT de L-Gante o las nuevas corrientes del plugg y el jerk, demostrando que la música nacional es un organismo vivo que no deja de respirar.

El pop también ha vivido su revolución. Desde “La Nueva Ola” de Palito Ortega hasta el estrellato global de Lali y Tini, el género ha sabido honrar sus raíces mientras se vuelve vanguardia. Lali, convertida en un ícono pop absoluto, ha marcado un estándar de show y producción que dialoga de igual a igual con las tendencias internacionales, sin olvidar nunca el desparpajo y la fuerza de su origen.

Ser músico en estas tierras sigue siendo una mezcla de orgullo y precariedad. Es cargar amplificadores en fletes, es pelear por un espacio en el algoritmo, es ensayar en garajes donde el calor es un integrante más. Pero hay algo sagrado en ese esfuerzo: la búsqueda de esa nota que detiene el tiempo. Es el legado de Atahualpa Yupanqui recorriendo los senderos, de Astor Piazzolla rompiendo los moldes del tango para hacerlo eterno, y de María Elena Walsh enseñándonos a soñar.

Hoy, las plazas se llenan de guitarras y sintetizadores porque el 23 de enero es nuestro ritual de pertenencia. Es el día en que celebramos que somos hijos de una tradición que no se rinde ante la chatura. El Día del Músico es el recordatorio de que somos una nación que canta para no olvidarse de quién es. Y ahí, entre el humo de los escenarios y el silencio de las habitaciones de estudio, el Flaco sigue naciendo. Sigue naciendo cada vez que un músico cierra los ojos y encuentra esa melodía que no existía antes de él. Porque, al final, la música argentina no es solo un género; es un abrazo largo que atraviesa el tiempo, una luz que no se apaga y una certeza hermosa: que mientras haya una canción, nunca vamos a estar del todo solos.


A Luis Alberto, el capitán de este navío eterno, le debemos la invención de un cielo propio. Hoy lo recordamos no como una estatua de bronce, sino como ese rayo de luz que atraviesa un prisma para descomponerse en mil colores: el poeta que nos enseñó que “las almas repudian todo lo que es jaula”, el guitarrista que encontró armonías donde otros solo veían silencio, y el hombre que nos convenció de que el arte es el único territorio de paz posible. Su ausencia física es solo un truco del tiempo; su presencia es el aire que respira cada artista que hoy se atreve a soñar con un sonido nuevo. Gracias por la luz, Flaco.


 

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