Esto que pasa: Una máquina de poder a toda velocidad
Es llamativa la insistencia argentina en la idea y práctica del mando. Como un hilo que recorre, a veces soterradamente y a menudo al aire libre, la historia argentina, la cuestión de dirigir y sobre todo cómo hacerlo, impregna de manera central el modo de ser de este país. En esta vorágine legislativa con que el oficialismo viene atropellando desde su triunfo del 23 de octubre, en la otrora parsimoniosa fábrica de las leyes, se registró un nuevo capítulo de la épica de la ejecutividad. Asumida como tropa consagrada a obedecer, la fracción oficial despachó, sin protestar, todo lo que le pedía la Casa Rosada, desde el presupuesto a la ley anti “terrorista”, desde la cuasi estatización de Papel Prensa a la ley de tierras.
En esta vorágine legislativa con que el oficialismo viene atropellando desde su triunfo del 23 de octubre, se registró un nuevo capítulo de la épica de la ejecutividad.
Ejecutivos: así se auto-describen los legisladores que responden al Poder Ejecutivo, desde el senador Carlos Menem al diputado Carlos Heller: están para obedecer y su función es “entregarle” a la jefa del Estado las leyes que ésta necesite. “Cuando tenemos diferencias, nuestra obligación es discutirlas ‘adentro’, pero dentro del Congreso nuestra misión es obedecer las órdenes de nuestra jefa y darle lo que ella nos pida”, se enorgullece el diputado kirchnerista Edgardo Depetri, a quien se puede ubicar como un hombre de izquierda.
ACATAMIENTO
Es una pequeña muestra de lo que es todo un concepto y se transforma en una inveterada práctica. El nivel de acatamiento a la conducción del momento es proverbial en el peronismo, un movimiento donde la “lealtad” tuvo que ser convertida en fecha, para que al menos la idea fuese recordada. La jefatura de Perón fue omnímoda entre 1945 y 1974, pero atravesó largos ocasos y prolongados hiatos. Desprovisto de legalidad formal durante largos años, el peronismo se abroquelaba en la verticalidad; sin embargo el líder exiliado tuvo que vérselas en muchas ocasiones con diversas herejías e incontables fugas de sus estados mayores. Hizo de la lealtad a su conducción un mandato excluyente y aún cuando durante largos años peroró en favor de formas más orgánicas y representativas de su movimiento, la muerte lo encontró sin haberlas corporizado.
Ni Carlos Menem ni Néstor Kirchner se diferenciaron en esto. Esculpido a imagen y semejanza de su padre fundador, el peronismo tiene una extraordinaria potencia para cuadrarse ante el jefe de turno. Hay incluso casos tan elocuentes que son como textos de escuela. El riojano Jorge Yoma, por ejemplo, era un reloj perfecto sincronizado con las necesidades y apetencias del presidente Menem y ahora lo es del mismo modo, pero con Cristina Fernández, sin sonrojarse ni dar explicaciones.
El caso de Chubut es igualmente notable, porque las elecciones provinciales lo hicieron gobernador a Martín Bussi, que era el candidato del saliente Mario das Neves, enfrentado con la Casa Rosada y con su candidato, Carlos Eliceche. No más ganar las elecciones, Bussi plantó a Das Neves y le encendió todas las velas a la Presidenta. Nadie se sobresaltó porque son las reglas del juego en la política aborigen, estructurada en términos de un caudillismo feroz que funciona con ritmo castrense: subordinación y valor para defender al… ¡jefe del momento!
ARGUMENTOS
Pero hay un argumento que la siempre zigzagueante democracia argentina permite desplegar: ¿es que caso no tiene derechos legítimos a ejercer su mandato un gobierno electo? Y para que ello se concrete, ¿no se justifica que el colectivo gobernante cierre filas con estricta disciplina? Por algo se llama “whip” (látigo) al jefe de las bancadas de legisladores de los parlamentos anglosajones. El “whip” equivale al local jefe de bloque, y su misión es agrupar a la manada, para que no sea seducida, comprada o infiltrada. Pero la autoridad ejercida y a menudo aplicada con energía en el marco de un espíritu de democrática tolerancia, es algo bien diferente de la obediencia ciega y obsecuente, sistema en el que el disenso está prohibido y la obsecuencia es inexorable. Un caso modelo de este mecanismo es el que encarna (con placer y hasta disfrutándolo sin pudores) la diputada kirchnerista Diana Conti, que ya en 2009 confesó sentirse “seducida” por el matrimonio Kirchner y más adelante proclamó su intención de propiciar políticamente una “Cristina eterna”.
Se suele asociar este modo de gobernar y hacerse gobernar al tradicional caudillismo latinoamericano, del que el este continente no se habría podido liberar. Pero eso es muy relativo. Ahora mismo, en la más cercana Sudamérica, el tipo de comando que encarna Cristina Fernández no tiene parangones. Los gobiernos de José Mujica en Uruguay, Sebastián Piñera en Chile y hasta la poderosa Dilma Roussef en Brasil no se manejan con esa maciza verticalidad con que hoy se configura el mapa político argentino. La variedad local, en cambio, se asemeja mucho más al estilo de mando que hoy prevalece en Venezuela, Ecuador y Nicaragua.
DESPOTISMOS
Al caracterizar lo que llama “despotismo democrático”, Pedro Medellín (revista “Foreign Policy”, edición española agosto-septiembre 2009), sostiene que “en regímenes políticos con instituciones tan débiles como los latinoamericanos, la apuesta por la democracia ha sido muy costosa y se ha convertido en una especie de absolutismo, en el que el sistema democrático se invoca como la única forma de gobierno que puede ser concebida y aceptada por todos, pero sólo en las formas, no en el contenido. En efecto, cada vez se extiende más la convicción de que la legitimidad proviene del hecho simple, concreto y verificable de que ha habido elecciones libres. Es el único requisito. No importa que el elegido haya recurrido a mecanismos extra institucionales para mantenerse en el poder, que haya cambiado la Constitución para eliminar los obstáculos que le impedían presentarse como candidato o que haya cerrado los espacios de debate público, persiguiendo o encarcelando a sus opositores”. No habla de la Argentina en particular este analista, pero su definición describe muy bien los estilos y las falencias de lo que aquí sucede.
Por su parte, para el argentino José Natanson, “una vez establecido el hecho de que la concentración de poder en el Ejecutivo es un rasgo común a casi todas las democracias de la región, cabe preguntarse por qué. Se pueden señalar factores de cultura política, como el pretorianismo de las sociedades latinoamericanas y la falta de tradición democrática. En esto, como en muchas otras cosas, las raíces profundas pueden rastrearse a las dictaduras militares de los ’60 y ’70. Y hay, además de los históricos, otros factores estructurales, como la fragmentación de los sistemas de partidos (sobre todo en países como Brasil y Ecuador). Pero la principal explicación radica en la inestabilidad económica y las crisis recurrentes, que han hecho que los gobiernos apelaran una y otra vez a los las facultades delegadas y los decretos”. Eso decía en 2006, pero seis años más tarde esa explicación es obsoleta, ¿o seguimos viviendo inestabilidad y crisis tras ocho años y medio de kirchnerismo?
Contundente y precisa, en cambio, era la conclusión de Marcos Novaro en 2006, cuando se centraba en la Argentina kirchnerista: “El argumento del oficialismo alude a que los anteriores gobiernos hicieron lo mismo, y eso porque son instrumentos imprescindibles para gobernar. (…) El silencio de anteriores críticos republicanos del menemismo ante los decretos de Kirchner les daría la razón a los Fernández (alude a Aníbal y a Alberto, poderosos hace seis años): no hay un verdadero debate institucional, sino un cruce entre oportunismos. La pregunta es si es cierto que hoy no se pueden hacer las cosas de otro modo: con superávit fiscal, mayoría en las dos cámaras y alianzas firmes con los gobernadores ¿no estamos acaso frente a una oportunidad, que no tuvieron ni Alfonsín ni Menem (más allá de si la hubieran usado), de gobernar con más eficacia y a la vez más control? En el Ejecutivo tal vez creen que intentarlo es correr un riesgo innecesario: ni la sociedad lo reclama, como no lo hacía en el apogeo de Menem, ni es seguro que vaya a funcionar. Así que mejor hacer lo que siempre se ha hecho y, por el momento, funciona. Total después vemos”.
¿LUJOS?
Ese es un dato central: si se piensa que sólo mañana, pero nunca hoy, la Argentina podrá “darse el lujo” de una gobernabilidad democrática, es porque este país, aunque a muchos les cueste admitirlo en público, prefiere seguir los usos y la costumbres del caudillaje decimonónico, antes que atreverse a las incertidumbres y aventuras de una gobernanza más madura y seria. Mientras tanto, el gobierno prosigue allanando o estatizando medios de comunicación, ante la relativa impavidez de una oposición anestesiada a pesar de sí misma.
Por PEPE ELIASCHEV
