18 de enero de 2012

Para pensar juntos: ¿“Echas una mano” a Dios, o piensas que Él tiene que solucionarlo todo?

En nuestra oración del Credo, afirmamos creer en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Evidentemente, sentimos a Dios como un padre que nos ama incondicionalmente, aunque nosotros fuéramos indignos de ser amados. Y a la vez, esperamos que con su omnipotencia, elimine el mal y resuelva todos los problemas del mundo.

Pero cuando nos enfrentamos al sufrimiento, la injusticia, la muerte… nos preguntamos: ¿verdaderamente Dios interviene en la historia? Una duda razonable al vernos impotentes, y que no responde a los ruegos, o que no se manifiesta como esperamos.

Y la respuesta es no. No interviene como quisiéramos, supliendo las carencias del hombre. Dios ha querido luchar contra el mal a través de nosotros. Ha puesto la inteligencia para que podamos conocer las leyes físicas y luchar por el mal físico. Y nos ha redimido para que venzamos el mal moral.

El mal físico es una consecuencia de nuestra finitud (enfermedades, catástrofes…), y el mal moral es el resultado del abuso que hacemos de nuestra libertad (guerras, injusticias…). No es Dios quién envía ningún mal. Por tanto, vayamos desechando la idea que, incluso algunos pastores de la Iglesia han extendido, de que Dios hace sufrir a los que ama… O ese dicho popular que asegura, que “Dios aprieta pero no ahoga”. Dios salva, da fuerza, pero nunca ahoga.

Dios deja que la naturaleza siga su curso, y respeta nuestra libertad, aunque a veces ésta conduzca al mal. Pero, sin duda, sufre por ello, pues padece junto al ser humano (com-pasión) sabiendo que no puede eliminar el mal de repente sin anular al hombre. El Señor actúa en los seres humanos y en la creación por medio del Espíritu Santo, respetando siempre la autonomía de la creación y de sus leyes, y nuestra libertad. No podemos imaginar la providencia de Dios como la acción de alguien que mueve los hilos de sus marionetas. Lo que Dios mueve son seres humanos. Nos estimula a asumir nuestra vida y nuestra responsabilidad. Nos hizo libres, pero desea que seamos colaboradores e interlocutores suyos.

Cuando rezamos pidiéndole algo, esa oración no “arranca” nada a Dios, sino que al conectar con Él, se ponen en marcha nuestras energías para lograr lo que pedíamos. Desgraciadamente, el mal existe, y su existencia es un misterio que supera nuestra capacidad de entendimiento, pero debemos fiarnos de Dios. No podemos considerarle injusto por no actuar en ciertas situaciones de dolor, auque no lo comprendamos. Nos faltan demasiados datos para juzgar su conducta, así como nos faltan para encontrar sentido a algunas circunstancias que vivimos y nos desbordan. Aunque a veces sólo percibamos “silencio” de parte de Dios, estamos en sus manos: sólo nos queda confiar. A veces el silencio de Dios puede ser una llamada.

En lugar de preguntarle a Dios «¿por qué tantas desgracias?», podríamos preguntarnos: ¿cuál es mi parte de responsabilidad en alguna de esas situaciones, y cómo puedo modificarlas? Dios quiere que contemos con su ayuda y así podamos transformar la tierra, sobre todo el sufrimiento y las injusticias. El bien aparece como fruto de la colaboración entre el hombre y Dios, en planos distintos, claro.

En cualquier caso, Dios no podría crear seres humanos totalmente libres del sufrimiento, porque el hombre no puede dejar de ser finito. A pesar de que Dios no quiere el mal, lo permite, porque sabe que es una consecuencia de nuestra finitud y de la libertad que Él mismo nos ha dado.

Ante todas estas evidencias, cabe la tentación de pensar: ¿entonces, para qué sirve Dios? ¿Qué puedo esperar de Él? Pero… ¿preguntamos a la persona amada lo que vamos a obtener de ella? Eso no sería amor. La amamos por ella misma, no por sus cosas. Así deberá ser con Dios.

El amor de Dios para con los hombres es un amor hecho de estímulo, pero también de exigencia. Dios puede expresarme su amor provocándome, actuando en mi interior. Ahí en lo profundo, encontraré una energía que me potencia, un espíritu que me estimula, un amor que me quiere tal como soy pero que me anima a ser mejor.

No esperemos a que Dios resuelva lo que nos compete a nosotros.

Correspondamos a su amor generosamente y pidámosle, eso sí, la fuerza y la gracia para hacer un mundo mejor y lograr que su Reino se instale entre nosotros.

Por María Isabel Montiel