20 de julio de 2012

Una encrucijada que es necesario enfrentar… Por RAUL VIVES

La soja perforó los 600 dólares la tonelada, en una escalada de su valor que se origina en la fuerte sequía en los Estados Unidos que afecta el nivel de oferta de este producto. Una bendición para la Argentina.

Pero este mismo récord refleja la mayor dificultad que enfrenta hoy la economía real: el atraso cambiario y la pérdida de competitividad, un dato que la administración de Cristina Kirchner hasta ahora no reconoce.

Así es como ahora, mediante restricciones y el cepo cambiario, el Gobierno aspira a lograr lo que antes ocurría naturalmente: que el Banco Central pueda comprar dólares e incrementar sus reservas internacionales.

Cuando la Argentina disponía de un tipo de cambio competitivo (un dólar “recontraalto” como se decía años atrás), con una soja que cotizaba a 400 dólares, el total de las exportaciones argentinas permitía financiar el pago de las importaciones, los servicios de la deuda pública, las utilidades empresarias, la dolarización del sector privado, y además mejorar el nivel de Reservas.

Otra paradoja es que, producto de la situación mundial, el precio del crudo cayó fuertemente, de manera que el poder de compra de la soja en términos del barril de petróleo mejoró 27%, pero el desequilibrio del balance comercial argentino en combustibles sigue deficitario en cifras enormes.

Según el IERAL, en los últimos 12 meses las importaciones energéticas absorbieron el 41% de las exportaciones agroindustriales.

MERMA DE DE COMPETITIVIDAD

El desequilibrio y la merma de la competitividad ya había quedado en evidencia el año último cuando la economía argentina agotó el superávit de la cuenta del balance de pagos, situación que no se ha modificado en lo sustancial.

En las últimas semanas desde el Banco Central, Mercedes Marcó del Pont marcó una decisión oficial de acelerar la depreciación del peso, con un ritmo de devaluación que pasó del 7-8 por ciento a una tendencia del 15%. Con esto, el valor del dólar “oficial” llegaría a unos 5,10 pesos para fines de año.

Mirando alrededor -los ajustes del real brasileño del orden del 25% o del euro del orden del 18%- y una inflación local que no cede del 25% o algo menos, las decisiones locales alcanzan para que la brecha no se acelere.

Es un dato aceptado que sólo las restricciones aplicadas para el mercado de cambios y las importaciones impiden que el tipo de cambio atrasado también afecte al Banco Central, como sí afecta al resto de la economía real. Aunque la restricción externa también está afectando las posibilidades de financiar el crecimiento con consumo, como hizo la Argentina en la crisis del 2009.

CUENTAS DEFICITARIAS

Los motores que permitieron aplicar las medidas keynesianas de ese momento, hoy están ausentes. La situación fiscal es claramente deficitaria y las cajas que financian el gasto estatal están agotadas, salvo la reforma del Banco Central que permite a la Nación cubrir casi toda la diferencia con emisión.

La situación y las perspectivas de la Argentina no son, con todo, de una crisis terminal.

Los cambios estructurales en el mundo indican que el “viento de cola” de largo plazo está vigente. Las proyecciones de crecimiento de la demanda mundial de alimentos en los próximos años son enormes, y no sólo por China y la India sino por todo el mundo en desarrollo.

Juan Llach explicó en un reciente artículo estudios de la Fundación Producir Conservando que confirman estas tendencias. Sin embargo, para aprovechar ese viento sería necesario reformular ciertas políticas aplicadas y facilitar esa expansión productiva en los alimentos y exportarlos.

Pero volviendo sobre la coyuntura, las últimas semanas parecen confirmar que la administración de Cristina se enfrenta a una encrucijada que cuanto más tiempo retrase una salida, más complicada será luego en términos de costos sociales, económicos y políticos.

La recuperación del crecimiento requiere de una mayor confianza, pero en términos de los datos duros de la economía real se puede resumir de esta manera: que la Argentina pueda salir de modo progresivo, pero con señales claras, del atraso cambiario; y que, producto del cambio de expectativas, haya un flujo importante de dólares a la economía que financien la inversión y el consumo.

El escenario no es nuevo, pero el contexto es mucho más favorable que en épocas anteriores: salir de la trampa del deterioro del tipo de cambio no debería ser traumático si se mirara, por ejemplo, las decisiones que se están tomando en Brasil.

Allí hay políticas dirigidas a mejorar la competitividad. Aquí en la Argentina, por ahora no aparece un plan con esa finalidad.