16 de febrero de 2012

Para pensar juntos: La vida como encuentro

La vida social, que es vida de relación, debe ser siempre vida y relación del “encuentro”. El encuentro es algo más, y distinto, del hecho de encontrarse, de relacionarse, de tratarse. Todo esto se puede hacer sin que haya un verdadero encuentro personal. Muchas veces el ejercicio de relación de unos con otros, se produce en el más oscuro anonimato. Vemos lo externo, la cara, el timbre de voz, pero no hay encuentro de personas, ni conocimiento de las mismas. A ese nivel se encuentran muchas de las relaciones comerciales, de los “adiós” callejeros, de las entrevistas sanitarias.

Independientemente de lo que te duele, o del estado de salud que manifiestas al médico, ¿qué sabe el galeno de tu vida, tu familia, tu trabajo, tu estado anímico…? Y no hay que olvidar que todo eso es parte de la persona, y todo eso puede afectar a  la dolencia.

Un encuentro más cálido, una información más global, hecho con delicadeza, puede favorecer el encuentro necesario y suficiente para entrar en una relación personal, y no en un simple número.

El encuentro sólo es posible cuando se da una correspondencia entre la revelación personal de un sujeto y la aceptación confiada del otro; creándose una relación de comunicación y conocimiento, que solo se da entre personas inteligentes, libres y con capacidad de dar y recibir entre un yo y un tú.

Juzgamos en muchos casos por apariencias, por mera visión, por sospechas, por prejuicios. Pero nada de eso revela la persona. Con frecuencia nos equivocamos, o, al menos, no llegamos a la esencia de lo que es una persona. ¡Cuántas veces emitimos juicios prematuros, que, con frecuencia, tenemos que corregir!

Si la relación fuese menos fría, más cálida, más profunda, menos superficial, el conocimiento mutuo sería, también, más amplio y acertado. Un médico no puede hacer un diagnóstico certero, con un simple dato. El cuerpo humano es muy complicado e interrelacionado. La persona también es compleja y rica. Pretender conocer a alguien  solo por una visión superficial y externa, puede desvirtuar  la realidad.

No podemos juzgar un libro, una novela por ejemplo, leyendo solamente el título. La imaginación es suficientemente equívoca como para engañarnos, haciendo verdad lo falso, o falseando la realidad. ¿No definía Teresa de Ávila, a la imaginación, como la “loca de la casa”?  Por eso, esta facultad no sirve para entablar relaciones personales profundas, o al menos aceptables. La imaginación no es fuente de conocimiento, e incluso, puede desfigurar la realidad.

Resumiendo: podemos afirmar que las relaciones personales  ganarían, si tuviésemos un conocimiento más amplio y más profundo del interlocutor. Para ello la comunicación debe ser a niveles más amplios, y muchas veces no perceptibles por la simple observación.