28 de abril de 2012

Federico Jeanmaire junto a los premios “Novela Clarín” en la Feria del Libro

El fin del encuentro era presentar “El imitador de Dios”, la obra de Luis Lozano que ganó el Premio Clarín de Novela 2011. Y de paso avisar que el próximo 29 de abril se abrirá una nueva edición, la número 15. Pero cada encuentro en esta Feria del Libro toma vida propia, y más si entre los ponentes están Federico Jeanmaire y Claudia Piñeiro, también ganadores de la estatuilla. Moderados por Ezequiel Martínez, editor jefe de la Revista Ñ, el terceto de premiados empezó primero a relatar, analizar y bromeara sobre el impacto de los premios en la vida de un escritor.

Protocolar, Martínez, repasó al prestigioso jurado que siempre caracterizó al premio, con figuras como José Saramago, Guillermo Cabrera Infante o Rosa Montero, y dijo que este era un galardón literario transparente: “Es uno de los pocos en el que no se sabe quién va a ganar”. Con tres testigos a su lado, el tema para abrir la charla fue la sensación que produce saberse el elegido. “Me sentí mareado, pensé que mi novela no estaba para tanto”, confió Lozano. Pero pronto lo contradecirían.

Piñeiro no habló de su experiencia con La viuda de los jueves, pero sí recordó que Jeanmaire “estaba confundido” cuando eligieron su novela. El le contestó que sí, pero que eso era parte de su vida, y recordó su malestar antes de saberse triunfador con su novela Más liviano que el aire. “Supuse que al ganador le avisaban y eso me predispuso mal”, confirmó Jeanmaire, y lanzó un arsenal de diatribas contra las menciones, que lo “inhabilitan para seguir presentándose a concursos”. Martínez acotó algo sobre el factor sorpresa y Jeanmaire contestó que para él es un horror el factor sorpresa. Mejor es el premio, pero las menciones sirven para escritores desconocidos acordaron con Piñeiro terciando en la disputa.

Del impacto inicial, lo oradores saltaron hablaron de lo que significa ganar el premio. “Te pone en un lugar mediático y de exposición”, dijo Piñeiro y Jeanmaire lo ejemplificó con un ejemplo. Contó que en su ciudad, Baradero, mucha gente se enteró que era escritor por los premios. Y que hasta llegó a sentirse el Maradona del pueblo, enseguida sugirió que lo mismo le ocurriría a Lozano en Bolívar, su ciudad. Y cuando Lozano empezaba a asentir, una mujer del público rompió el acuerdo y desmintió a Jeanmaire. “Todos sabíamos que Luis (Lozano) era escritor”, arremetió, y contó con la solidaridad de un para de compañeras de tribuna. Jeanmaire retrucó, y propuso que al menos podía haber alguien en Bolívar que no lo supiera. Otra vez la mujer lo desmintió. “Entonces retiro lo dicho”, bramó el autor de Fernández mata Fernández, y la mujer mostró su mejor sonrisa vencedora.

Como el tema de la fama ya estaba en escena, Lozano, el menos conocido de los tres escritores presentes, retituló el anuncio de su proeza: “Un tal Lozano ganó el premio Clarín”, bromeó. Y Piñeiro recordó otra de las cargas que trae la fama. “Yo te veía debajo del árbol, leyendo, y sabía que ibas a ser escritora”, le dijo una señora no hace mucho. Y alguno de ellos contó que le decían, “te felicito, saliste en la televisión”. Entonces sí, por fin, empezaron a hablar de El imitador de Dios.

Martínez simplificó la trama del libro. Vieytes, el protagonista, le cuenta a Gauna, un escritor fracasado, los detalles de una obra de teatro que está organizando en su pueblo. Los actores son los habitantes del pueblo, y todos representan papeles asignados por Vieytes. Gauna debe asegurarse de que otras dos personas estén presentes en el pueblo: Laura Cerri y Mario De Luca, antiguo amigo de la infancia. Pero principalmente Gauna es el encargado de contar, de escribir, lo que ocurre en La Obra. Piñeiro descubrió allí una historia de amor y Jeanmaire se enfocó en lo interrogantes sobre la idea de Dios que plantea la obra: “No construye ninguna verdad, y eso me gusta”, celebró.

Lozano contó que no había habido un disparador para su novela, que empezó a trabajar una atmósfera, un tono narrativo. Luego confió que le gustan mucho los policiales y, citando a Ricardo Piglia, dijo que no le importa saber quién es el asesino. Toda una definición literaria que lo llevó a hablar de sus influencias. Se definió como permeable a Cortázar, Borges y Onetti, y eligió, del autor uruguayo, El astillero como la novela que le gustaría escribir. “Desarmo su libros para ver cómo los hacen”, disparó Lozano.

Jeanmaire, que también practica esa “horrorosa” rutina de desamar libros contó una anécdota que bien valía para cerrar la charla. El, un Maradona de Baradero, tuvo que salir a buscar a un cerrajero en su pueblo. El hombre se apersonó y le dijo que había leído todos sus libros, un comentario bastante común para muchos escritores, pero el cerrajero siguió y le confió que había soñado otro final para su novela Más liviano que el aire, con la que ganó el Premio Clarín. El cerrajero imaginó que la policía lo llamaba a él para abrir la puerta del baño (en la novela una mujer mayor encierra en el baño a un chico que entró a su casa para robarle). El acude, claro, y al abrir la puerta no está el chico muerto, si no que hay restos de comida entre otros desperdicios.

La que tampoco tuvo desperdicio fue la anécdota del electricista que luego contó Piñeiro. Ella reveló que El nadador, de Cheever, en versión de los 90, había inspirado su novela. Y que para la escena de la muerte en la pileta, llamó a un electricista. “¿Qué debe ocurrir para que alguien muera electrocutado en una pileta?”, le habría preguntado, y ante la sorpresa de su interlocutor, le contó que era escritora. Así nació esa historia del cable que cae al agua sin que salte el disyuntor. Piñeiro la escribió tal cual se lo dijo el electricista. Pero faltaba más. En primera fila, uno de los asistentes, le dijo que, desde que leyó el libro, no podía mirar su pileta sin pensar en esa escena. Como ven, autores y lectores superponen sus propias historias para justificar a Luis Lozano, que no gusta construir ninguna verdad. (Fuente:revistaenie.clarin.com).