“Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.
SOCIEDAD- CRÓNICAS - CULTURA Y MÚSICA
RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala
Hay un instante, justo cuando el saxo de Santiago Lacerna corta el aire espeso de un ensayo, en el que Baradero deja de ser una ciudad de asfalto y río para transformarse en un jardín nocturno y eléctrico. Es ese momento donde la música deja de ser una sucesión de notas para volverse un aroma. Spinetta lo sabía. En 1995, encerrado en el búnker de La Diosa Salvaje, Luis Alberto le daba forma a una de sus criaturas más feroces y, a la vez, más delicadas: Oh! Magnolia. No era la balada complaciente de un músico aburguesado; era el grito de un hombre que había vuelto a sus raíces de garage con los Socios del Desierto, buscando en la pureza de un trío la respuesta a un mundo que se volvía frío y artificial. “Oh magnolia, ¿quién te puede mirar entre las hojas como quien ve a un Dios?”, preguntaba el Flaco, elevando a esa flor de pétalos carnosos y blancos al altar de lo sagrado. La magnolia es una sobreviviente. Es una flor prehistórica, una que existió antes que las abejas y que tuvo que aprender a seducir escarabajos para perpetuarse. Es ruda, es antigua, pero su fragancia es de una elegancia que no acepta réplicas. Esa misma paradoja —la de la resistencia que no pierde la belleza— es la que hoy late en el corazón de Magnolia, una banda que nació en Baradero para recordarnos que el rock, si no tiene alma de improvisación y libertad, es solo ruido vacío.
Cuando me encuentro con Abril Paoloni, la cantante que le pone el cuerpo y la voz a esta “corola” musical, el ambiente se carga de una mística especial. No estamos en un estudio de grabación aséptico, sino en ese espacio donde el sonido rebota en las paredes y se mezcla con el aire de la calle. Abril, o “Abru”, como la llaman sus socios de ruta, me cuenta que el grupo nació casi como una necesidad biológica en diciembre de 2024. Compartían otros proyectos, otras bandas, pero había algo que pedía pista propia. Magnolia no nació para cumplir un contrato ni para encajar en un género; nació para florecer. Y el nombre, por supuesto, no fue una casualidad. Fue una epifanía spinetteana. Fue la respuesta a esa pregunta que Luis dejó flotando en el aire de los 90: “¿Serás tú mi magnolia para siempre?”. Para estos músicos jóvenes de Baradero, la respuesta es un compromiso con el presente.
—El grupo surge de conocernos de la música —me dice Abril, y su voz tiene esa cadencia tranquila de quien sabe que no necesita gritar para ser escuchada—. Compartíamos proyectos, pero Magnolia nace del mismo amor por la música. El nombre surge de esa canción que me marcó. Es nuestra forma de decir que buscamos esa fusión, ese sentimiento interno de conectarse con lo que uno hace sin esquemas.
Observo a Lisandro Choque acomodar los platillos de su batería. Hay algo ritual en el modo en que un baterista se prepara para el jazz y el soul; no es el golpe seco del rock de estadio, es una caricia rítmica, un groove que se mete bajo la piel. Magnolia es una anomalía hermosa en la escena local. Mientras la mayoría de las bandas de la “República del Rock” buscan la seguridad del estribillo coreable o el riff que todos conocen, ellos se tiran al vacío de la improvisación. Se inspiran en la elegancia de Sade, en la maestría de Roy Hargrove y su RH Factor, y en esa nueva ola de músicos nacionales como Vinocio que están refrescando el oído de una generación.
—Nos manejamos fundamentalmente con la improvisación —me explica Abril, y yo puedo sentir la vibración de la sala, ese calor que emana de los equipos encendidos—. Les gusta improvisar porque sienten que la música no es algo lineal. No hay un esquema a seguir. Es algo que se vive en el momento y se deja fluir. Nuestro sonido es un estilo soulero fusionado con jazz. Es relajar para los que nos escuchan, pero para nosotros es un juego lúdico. Siempre hay espacios para que cada uno se pueda mostrar con lo que siente en ese preciso segundo.
Es fascinante verlos trabajar. Magnolia es un organismo que respira. Las canciones, muchas de ellas compuestas por su amigo Fran (Geko), funcionan como un mapa, pero ellos son los que deciden qué caminos secundarios tomar en cada show. Por eso, ver a Magnolia en vivo nunca es la misma experiencia dos veces. Es como la flor que les da nombre: puede que los pétalos sean los mismos, pero la forma en que se abren bajo la luz de la noche de Baradero cambia siempre. Esa libertad es lo que Abril define como el corazón del rock moderno. No se trata de repetir una fórmula, sino de mantener una llama que, según ella, corre el riesgo de apagarse ante la marea de modas digitales y sonidos procesados por computadoras.
—El rock es una vivencia personal que se adapta a un contexto —reflexiona Abril—. Lo que tenemos en común es que nos despierta eso de vivir, de compartir. Nosotros adaptamos sonidos de bandas que marcaron generaciones, como los Redondos, a nuestra propia forma, sin dejar de transmitir la emoción. La llama del rock se mantiene viva en los jóvenes que despiertan la llama en los demás. Se trata de eso, porque el rock se escucha cada vez menos y la moda dio lugar a otros géneros. Ahí es donde surgen los jóvenes que continúan manteniendo esa llama aún más resplandeciente.
La charla deriva hacia los desafíos de ser independiente en una ciudad que a veces parece tener el oído curtido pero la mirada distraída. Para Magnolia, el mayor reto es la visibilidad. “Hay bandas increíbles que están ocultas”, dicen con una mezcla de bronca y esperanza. Ser independiente es ser un obrero de la cultura, es pulir el repertorio, ampliar horizontes y proyectar el sonido de Baradero hacia Buenos Aires, buscando que ese perfume de jazz y alma de soul llegue a nuevos puertos. Pero antes de cualquier ambición de cartelera, está el ritual. Ese momento previo a subir al escenario donde el mundo exterior desaparece. Un fernet para aflojar los nervios, el aire que se calienta improvisando y esa comunión entre Abril, Lisandro y Santiago que es, en definitiva, lo que sostiene el proyecto.
Me quedo pensando en la letra que me pasaste de Spinetta: “Y es que temo llegar a la tierra que tendré como fin, ¿serás tú mi magnolia para siempre?”. Hay una melancolía luminosa en esa pregunta. El miedo a la finitud, a que la música se detenga, a que el arte sea devorado por el olvido. Pero cuando escuchás a Magnolia, ese miedo se disipa. Hay algo en la seguridad con la que Abril habla de la práctica constante, del “intentarlo hasta el cansancio”, que te hace sentir que la música está a salvo.
—Si querés algo y no te sale, intentalo hasta que no puedas más —me dice como un secreto compartido al final de la entrevista—. La práctica es lo que hace al músico. Nadie nace sabiendo. Lo peor que podés hacer es tener miedo a intentar. Así que eso: intentenlo, dejen mutarse como artistas. No se queden quietos.
Me retiro del ensayo mientras el saxo de Santiago vuelve a arrancar una melodía que parece flotar entre las hojas. Magnolia no es solo una banda; es la confirmación de que en Baradero todavía hay espacio para lo sutil, para lo que no es evidente, para lo que necesita ser escuchado con el corazón abierto. Son jóvenes, son talentosos y, sobre todo, son libres. Han decidido que su música sea ese “rocío que penetra en la piel”, una caricia funk que nos saca de la rutina y nos devuelve la capacidad de asombro.
Cierro la libreta y me guardo esa imagen: la de una flor blanca y potente resistiendo en medio de la ciudad de la distorsión. El rock de Baradero suena a muchas cosas, pero hoy, gracias a ellos, suena a libertad. No los ignoren. No permitan que estas magnolias se queden solas. Vayan a buscarlos, cierren los ojos y dejen que la improvisación los lleve a ese lugar donde el tiempo no existe y solo importa el siguiente acorde. La República del Rock hoy tiene un aroma inolvidable, y es el aroma de los que se animan a florecer contra toda corriente.
Magnolia: Radiografía de la banda
- Alineación: Abril Paoloni (voz), Lisandro Choque (batería), Santiago Lacerna (saxo y piano).
- Fecha de nacimiento: 2024.

