10 de enero de 2026

“Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Tuerto Willy.

SOCIEDAD- CRÓNICAS - CULTURA Y MÚSICA

RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


Hay historias que comienzan con un estruendo y otras que se gestan en el silencio de una mirada incompleta. En la mitología de los barrios, los gatos no son solo mascotas; son guardianes de secretos, equilibristas de techos de chapa que conocen cada grieta del mapa urbano. Willy era uno de esos. Un gato de batalla, un guerrero callejero que un día perdió un ojo pero ganó una leyenda. Cuando los integrantes de esta banda buscaron un nombre, no fueron a los diccionarios de música ni a las frases hechas del rock; miraron a Willy. En esa mirada tuerta encontraron una metáfora perfecta: la de ver el mundo de una forma distinta, la de enfocarse en lo esencial cuando el resto se distrae con el decorado. Así nació El Tuerto Willy, un proyecto que, desde 2017, funciona como un faro de nostalgia y energía en las noches de Baradero. Un nombre que suena a taberna, a puerto y a aventura, pero que en el fondo es un homenaje a la lealtad de lo pequeño, a ese gato que les enseñó que se puede andar por la vida con una cicatriz y aun así no perder el equilibrio.

La formación de la banda tiene ese aroma a reencuentro que solo se da en las ciudades donde todos nos conocemos las caras pero no siempre las intenciones. Pablo, Seba, Juli y Dani no son unos recién llegados. Son sobrevivientes de otras trincheras, músicos que ya habían gastado suelas en proyectos paralelos. Pablo y Seba venían golpeando parches y cuerdas en una formación; Juli y Dani hacían lo propio en otra. Pero el rock, como la vida, es un juego de sillas que nunca deja de girar. Cuando la banda de Juli y Dani se quedó sin baterista —ese drama eterno del rock independiente—, el destino hizo lo suyo. No hubo necesidad de audiciones frías ni de avisos en redes. Hubo una charla, una mirada tuerta al futuro y la decisión de unir fuerzas.

—Ahí decidimos unirnos para formar El Tuerto Willy —recuerdan con la sencillez de quienes saben que las mejores cosas no se planean, se reconocen—. Veníamos de tocar mucho, de conocer el paño, y de repente todo encajó.

Pero El Tuerto Willy no se conformó con ser una banda más de covers. Decidieron meterse en un terreno pantanoso y fascinante: la apropiación cultural a través del idioma. Todos los que crecimos en los 90 fuimos colonizados sentimentalmente por el punk de California, por la rabia de Berkeley y el pop-punk que inundaba las radios y los videos de MTV. Green Day, The Offspring, NOFX, Rancid… bandas que nos hablaban en un inglés que apenas entendíamos pero que sentíamos como propio. El Tuerto Willy tomó esas canciones, esos himnos de skate y rebeldía, y se planteó una pregunta audaz: ¿qué pasa si les ponemos nuestras palabras?

—La idea surgió de una limitación real: hacíamos covers en inglés y la verdad es que no sabíamos cantar muy bien en ese idioma —confiesa Dani con una sonrisa honesta—. Entonces decidimos cantarlos en español. Pero versionar no es solo traducir; es un desafío enorme. Tenés que lograr que la adaptación no pierda el sentido original, que la métrica encaje y que la letra siga teniendo ese ‘punch’ que te hacía saltar cuando eras pibe.

Ese proceso de traducción es, en realidad, un acto de soberanía artística. Al pasar el punk de los 90 por el filtro del castellano, El Tuerto Willy le quita el pasaporte extranjero y lo nacionaliza baraderense. Ya no es Billie Joe Armstrong cantando sobre la alienación en un suburbio de Estados Unidos; es una voz de acá, que ensaya a la vuelta de tu casa, cantándote sobre las mismas frustraciones y esperanzas pero en el idioma en que pedís el pan o discutís en la esquina. Es un puente generacional que conecta la adolescencia de los cuatro integrantes con el presente de una ciudad que siempre necesita una dosis de adrenalina.

El sonido de la banda es una cápsula del tiempo que viaja a 180 pulsos por minuto. Es Pop-Punk con raíces profundas en la década del 90, esa mezcla de melodías pegadizas y guitarras distorsionadas que te inyectan ganas de romper la inercia. Si bien ellos dicen que su sonido no ha mutado radicalmente desde 2017, admiten que el roce constante y los años de ensayo han afilado la propuesta.

—Se nota la mejoría con los años —dicen—. Le vamos poniendo nuestra propia impronta a cada canción. Ya no es solo tocar un tema de La Polla Records o de Descendents; es tocarlo a la manera del Tuerto.

La dinámica de trabajo del grupo es tan orgánica como su formación. Al no tener que lidiar con la hoja en blanco de la composición propia, se concentran en la arquitectura del arreglo. Alguien llega con una idea grabada, una melodía que le quedó resonando, y en la sala se produce la magia del ensamble. Es un proceso de pulido constante, donde cada uno aporta su visión para que esa versión sea única. En ese laboratorio de nostalgia y ruido, nació su canción insignia: “Olimpia Wa”.

—Ese tema nos identifica con nuestra adolescencia —explican con cierta emoción—. Es el punto exacto donde despertó nuestro interés por la música. Es el ADN de la banda resumido en unos pocos minutos de energía pura.

Pero ser una banda independiente en la República del Rock en este 2026 no es solo subir el volumen y disfrutar. Hay una realidad cruda que El Tuerto Willy no esquiva. La charla se vuelve densa cuando tocamos el tema de la autogestión y el valor que la sociedad le da al músico under.

—Para las bandas independientes, el arte no es valorado —sentencian sin anestesia—. Te das cuenta cuando vas a tocar a los lugares. Hubo veces que tuvimos que poner plata de nuestros propios bolsillos para pagar el sonido o incluso para pagar lo que consumimos en el lugar donde nos invitaron a tocar. Es una lucha desigual, donde el amor al arte es el único combustible que te mantiene andando cuando el sistema te da la espalda.

A pesar de eso, el desafío de El Tuerto Willy sigue siendo el mismo desde el primer día: perdurar. Seguir estando. Pasar la tarde en la sala no por la promesa de un contrato discográfico, sino por el placer de la distorsión compartida. No tienen rituales extraños ni cábalas místicas antes de salir al escenario. Su único ritual es la amistad y la “buena onda” que buscan transmitir a quien esté del otro lado de los parlantes. Para ellos, el éxito no se mide en seguidores de redes sociales, sino en esa energía que se genera cuando el primer acorde explota y alguien en el público reconoce la melodía y la canta en su propio idioma.

Para los próximos meses, la banda tiene planes claros: meterse a grabar algunos EPs para que esas versiones no se las lleve el viento y queden registradas como parte de la historia sonora de Baradero. Quieren dejar una huella, por pequeña que sea, en este gran mapa del rock local.

Antes de despedirnos, les pido un mensaje para los que están empezando, para esos chicos que hoy están encerrados en una habitación tratando de sacar un solo de guitarra. La respuesta es un manifiesto de resistencia emocional.

—Háganlo con pasión. No pierdan eso nunca. Si después viene algo más, bienvenido sea, pero la pasión es lo único que nadie te puede sacar. Si no hay pasión, la música es solo ruido.

Me retiro del encuentro con la imagen del gato Willy en la cabeza. Esa mirada tuerta que no ve menos, sino que ve mejor. El Tuerto Willy es la banda que nos enseña que no importa si el camino es difícil o si hay que poner plata del bolsillo para tocar; mientras haya una canción que nos devuelva a la adolescencia y tres amigos con los que compartir el ruido, la República del Rock seguirá teniendo quien le cuide las espaldas. Subí el volumen, cantalo en español y recordá que, a veces, para ver la realidad con claridad, solo hace falta cerrar un ojo y abrir bien el corazón.


El Tuerto Willy: Radiografía de la Banda

  • Alineación: Pablo (Batería), Seba (Bajo), Juli (Guitarra y voces) y Dani (Voces y guitarra).
  • Fecha de nacimiento: 2017

 

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