“Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.
SOCIEDAD- CRÓNICAS - CULTURA Y MÚSICA
RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala
A veces, la música no nace de la alegría de un encuentro, sino de la necesidad imperiosa de no desarmarse. Existe una vieja teoría en el rock que dice que las mejores canciones son aquellas que se escriben para llenar un vacío, para tapar un agujero negro que se abre en el pecho cuando la vida nos pega donde más duele. No es una cuestión de técnica ni de virtuosismo; es una cuestión de supervivencia. Pienso en Eric Clapton escribiendo sobre su hijo perdido, o en Spinetta buscando una “Luz iluminada” en medio de la oscuridad. El rock, antes de ser distorsión o camperas de cuero, fue siempre un refugio, un lugar seguro donde la pena se puede transformar en un riff y el grito en una melodía que nos permite seguir caminando. En Baradero, esa ciudad que se jacta de su pulso rockero, hay bandas que no buscan el brillo del cartel de luces led, sino que prefieren la penumbra de una habitación para procesar lo que pasa afuera. Hay músicos que entienden que el sonido es la única forma de volver a estar enteros. Y hoy, en este 2025 que nos exige estar siempre “conectados” y visibles, un grupo de amigos decidió que el mejor nombre para su fe era, precisamente, Invisibles.
Hay una escena que me queda grabada de la charla con Manuel Révora. Imaginen el living de una casa donde el tiempo parece correr a otra velocidad. Hay guitarras que cuelgan de las paredes como si fueran trofeos de batallas ganadas al silencio. Manuel se sienta frente a mí, busca la mirada de sus compañeros —Agustín Touzet, Mauricio Pereslindo y Santiago Flores— y me confiesa que muchas de esas canciones que hoy ensayan estuvieron guardadas bajo llave durante años. Manuel se acomoda en la silla, acaricia el mástil de su guitarra casi por instinto y sus ojos revelan esa profundidad de quien ha tenido que reconstruirse desde los escombros.
—La idea de formar algo venía de hace tiempo —me cuenta Manuel, mientras el aroma a café invade la habitación—. Siempre compuse, pero nunca había sacado nada “del cajón”. El año pasado, después de años de hablarlo sin concretar, me junté con Santi para probar algo. Pero en febrero sufrí una pérdida muy grande, de alguien muy importante para mí. Ese sacudón hizo que buscara una forma de refugiarme.
Lo miro y entiendo que Invisibles no es un proyecto comercial, es una balsa. Le pregunto cómo fue que ese dolor se transformó en una banda de cuatro integrantes, y él sonríe con la paz de quien ya no tiene que esconder nada.
—En la música encontré ese lugar —continúa—. Con Santi nos pusimos en campaña para armar algo serio. El último en sumarse fue Mauri, el bajista. Sabés que el bajista es una especie difícil de encontrar en Baradero, no lo conocíamos previamente. Llegó por este proyecto y fue una sorpresa enorme, tanto por su talento como por lo humano.
Invisibles es un nombre que encierra una paradoja. En la era de la sobreexposición, donde parece que si no publicás lo que desayunás no existís, ellos eligen pasar desapercibidos hasta que llega el momento de la verdad: el vivo. Manuel me explica que el nombre surgió por la urgencia de una fecha, pero que terminó siendo el traje que mejor les quedaba. Son tipos tranquilos, de perfil bajo, que prefieren que hable el instrumento. Y cuando el instrumento habla, lo hace con una mezcla de influencias que van desde el groove de los Ratones Paranoicos hasta la densidad de Divididos o el espíritu rebelde de Sumo.
—¿Cómo definen ese sonido hoy? —les pregunto, mientras observo la dinámica de complicidad que hay entre ellos. —Tenemos un estilo bastante particular —responde Manuel—. No nos encasillamos. Del primer ensayo a hoy hubo un crecimiento enorme. Al principio, musicalmente se “choca”, pero cuando empezás a conocer cómo toca tu compañero, los sonidos individuales se fusionan. Ahí aparece algo único que solo suena así con estas personas. Cualquier cambio en la ecuación modifica el resultado.
La dinámica del grupo es la de un estudio de grabación constante. Manuel, desde su estudio en casa, graba ideas que luego Santi —a quien define como un gran escritor— pule y conceptualiza. Es una construcción artesanal, casi de orfebrería, donde cada uno aporta su “tinta” para que el tema termine de tomar forma. Pero no todo es introspección; también hay espacio para el ritual clásico del rock local: un fernet antes de subir para aflojar los nervios y el volumen bien fuerte para que la música se sienta en los huesos.
Les pregunto por el desafío de ser independientes en Baradero, en medio de trabajos, responsabilidades y el cansancio diario. Manuel suspira, pero no con queja, sino con la satisfacción del que sabe que el esfuerzo vale la pena.
—La organización es lo más difícil —confiesa—. Coordinar horarios, tomarse en serio algo que por ahora es un hobby. Por eso, cuando ensayamos, aprovechamos cada minuto. Nos encerramos y tratamos de sacarle el máximo jugo a cada encuentro.
Invisibles no tiene apuro por grabar un disco para figurar en una lista de reproducción. Tienen el respeto por la obra que solo tienen los que aman el oficio. Quieren mejorar, tocar y entrar al estudio solo cuando sientan que están a la altura de lo que sus propias letras exigen. Porque para ellos, el rock no murió ni está desapareciendo; está “en reposo”, esperando que alguien prefiera escuchar una cuerda vibrando antes que una voz afinada digitalmente por una computadora.
—¿Qué buscan transmitir? —insisto, buscando el núcleo de esa necesidad de hacer ruido. —Depende del momento —dice Manuel—. Hay temas que transmiten dolor, otros alegría y otros pura fiesta. Depende de cómo esté el compositor en el momento de escribir. Pero lo importante es que se valore el arte de crear.
Antes de irme, le pido a Manuel que le hable a ese pibe que hoy, en algún rincón de Baradero, tiene una guitarra apoyada contra la pared y no se anima a dar el paso por miedo a no ser lo suficientemente bueno, o por la vergüenza de mostrar su propia fragilidad. Manuel no duda. Se nota que esa respuesta la tiene grabada en el pecho, porque es la misma que se dio a sí mismo cuando el mundo se le puso gris.
—Les diría que se animen, que toquen y que hagan ruido. La música es eso: ruido. No hace falta la mejor guitarra ni la mejor batería —dice Manuel, y su voz suena como un decreto de necesidad y urgencia—. Muchas veces uno se pone excusas por vergüenza o miedo al qué dirán, pero cuando hay pasión, ganas y esfuerzo, todo termina funcionando solo. El rock no es para los que no tienen miedo, es para los que tocan a pesar de tenerlo.
Me voy de la casa de Manuel con la sensación de que Invisibles es el nombre más honesto que escuché en mucho tiempo. En una ciudad que a veces se aturde con sus propios mitos y se encandila con los grandes escenarios, ellos eligen la honestidad de la herida y la potencia de la amistad para seguir creando en las sombras. No buscan ser el centro de atención; buscan ser el pulso que no se detiene cuando las luces se apagan.
Si alguna vez sentís que la realidad se vuelve demasiado nítida, demasiado fría o demasiado vacía, buscá a los Invisibles. Busca ese refugio donde el dolor se vuelve canción y donde el ruido se transforma en la única oración posible. Baradero suena, pero suena de verdad cuando los que tocan lo hacen para no caerse. No los ignores cuando los veas pasar: llevan en sus fundas el peso de los que decidieron que el silencio ya no era una opción. Subí el volumen, que la invisibilidad nunca sonó tan fuerte.
Invisibles Radiografía de la Banda:
- Alineación: Manuel Révora y Agustín Touzet (guitarras), Mauricio Pereslindo (bajo y voz) y Santiago Flores (batería y voz).
- Fecha de nacimiento: 2024.
RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

