27 de junio de 2012

Todo en una mochila: ¿Qué es de la vida de Lautaro Ponce?

Lautaro nació con un problema: el aire no llega a sus pulmones como sucede normalmente y, desde que nació necesita para sobrevivir, el aporte permanente de oxígeno que se le suministra mediante una mochila de carga que lleva consigo en forma permanente y desde la cual mediante un adminículo llamado “bigotera”, el oxígeno le llega pleno a su aparato respiratorio.

No es fácil vivir de la manera que le tocó en suerte a Lautaro. Baradero lo recuerda cuando, siendo muy pequeño, su familia tuvo que dejar la casa que ocupaban en la calle Santa María de Oro, casi esquina Cabrera, debido a que se había vencido el contrato de alquiler y la propietaria deseaba hacer algunas reformas para alquilar luego, por supuesto  a un precio mayor.

Fue en ese momento que cobró pública notoriedad el problema de Lautaro; su madre acudió a todos los medios intentando hallar una vivienda acorde, ya que las necesidades del pequeño no eran las de cualquier otro chico sino que debía contar, la casa, con ciertas comodidades.

La familia se trasladó a pocas cuadras de allí, sobre la calle Cabrera y cerca de la Escuela de Educación Técnica. No fue grata la estada en el lugar, Marcela, la mamá de Lautaro, sumó una nueva peripecia a su ajetreada y difícil vida como fue el fallecimiento de su esposo. Al poco tiempo llegó también el pedido de desocupar la casa. No teniendo adónde ir la famita resistió hasta donde pudo, pero llegó un punto de no retorno en la complicada situación.

Marcela, sus hijos, además de Lautaro había tres más con ella, tuvieron que salir a buscar cobijo en alguna parte y lo encontraron en un lote bajo, anegadizo, sito en la calle Julián O’Roarke al 2900, frente al campo de deportes del Club Atlético Bernardino Rivadavia.

Allí se establecieron los primeros días al amparo de una carpa – dentro de ella soportamos la tormenta de Santa Rosa nos dijo Marcela- y nuevamente los medios de prensa nos convocamos reflejando la situación de la familia: sin techo y con la necesidad de darle a Lautaro la debida protección.

Al poco tiempo, horas apenas, afloró la solidaridad de los vecinos y llegaron chapas y maderas con las cuales se pudo construir un refugio más “confortable” que la carpa.

Hubo llamados solicitando colaboración que en casos fueron atendidos y en otros, muchos,  sirvieron para que algunos fueran a poner la cara ante las cámaras, y a llenarse la boca haciendo promesas que jamás cumplieron.

Hasta hoy

Marcela consiguió un nuevo compañero, Dante, que le ha prestado gran ayuda. Entre los dos construyeron la casa que hoy ocupan y que está edificada sobre pilotes para evitar que, cuando la lluvia es copiosa, el agua entre a las habitaciones ya que, como apuntamos, el nivel del terreno es más bajo que el de la calle.

Con maderas, nylon, tejido metálico, habilidad e ingenio, erigieron un refugio que, es necesario reconocer, resulta frío en invierno y el auxilio constante de una estufa a leña, de las de fundición, es la pieza vital en las horas más gélidas. No obstante, el lugar no es el ideal para lo que Lautaro necesita.

El amplio terreno que la familia ocupa les ha permitido comenzar a construir una casa de material. Primero recibieron varios camiones de tierra que elevaron la cota del lote y luego, con el esfuerzo que cualquiera que sepa lo que cuesta, lograron levantar paredes y techo, aunque todavía no está lista la edificación todos sueñan con que un día, no demasiado lejano, la casa nueva, de ladrillos, estará lista.

¿Qué hace Lautaro?

Mientras todo este tiempo transcurrió, Lautaro fue creciendo con el auxilio permanente de su mochila de oxígeno. En la casa hay un tanque que contiene el oxígeno que le aporta mensualmente la obra social estatal que se lo provee desde siempre y hay también dos mochilas portátiles que, con una autonomía de entre cuatro y cinco horas, lo acompañan siempre. Hay veces, cuando viaja a Buenos Aires por ejemplo, que necesita trasladarse con las dos ya que una sola no le resulta suficiente.

Es evidente que Lautaro se ha acostumbrado a usar su mochila, que es su compañera constante, tal como lo es su sombra. Con ella va a la escuela donde es recibido como uno más por sus compañeros que lo aprecian y respetan. Nos dijo que su maestra de grado, María Inés Amorós, lo contiene y atiende de maravillas.

Lautaro, como ocurre en estos casos, ha aprendido a convivir con su problema y su madre, que ha luchado durante los 10 años que tiene su hijo para que tenga una vida que le sea lo más grata posible, lo que más desea en lo inmediato es terminar su casa para lo cual necesita algunos materiales de construcción. La mano de obra no es el problema, está solucionado, pero los materiales, por ahora, son inalcanzables para la familia. La vivienda confortable, cálida es necesaria para que Lautaro no sufra problemas respiratorios que complican su existencia.

Estas líneas tienen como objeto, además de recordar el caso pasados los años, poner en alerta a quienes deben estarlo para tratar de superar la situación que la familia sufre. Creemos que no es tan difícil, tal vez sea nada más que cuestión de organizarse bien. Ojalá. (Fuente y foto: El Diario de Baradero)